El paciente con trastorno compulsivo obsesivo por antonomasia, ha vuelto a aparecer de repente en nuestras vidas rescatado por las hábiles manos de la gente de marketing de Apple, que vieron en este entrañable junkie al icono perfecto para remover las conciencias y cómo no los bolsillos de un público de edad acomodada y con el poder adquisitivo suficiente como para invertir en uno de sus terminales algo más del salario mínimo interprofesional. Víctima de sus adicciones, el Monstruo de las galletas, comenzó su declive a principios de los 90, cuando el dedo acusador de lo políticamente correcto, señaló su comportamiento como no ejemplar, siendo éste vetado y sustituído por turbios pero edulcorados personajes con obsesiones más edificantes a ojos del poder como darse abrazos o rescatar a un animal en peligro al día.
Este antihéore por excelencia, a pesar de haber sido creado a finales de los 60, alcanzó su mayor gloria en la década de los 80, en pleno auge de adicciones mucho más peligrosas que la que catapultó a la fama a su personaje. Y es que cada tarde este extraño ser de pelo azul, irrumpía en la televisión pública con la única intención de saciar su irremediable obsesión por las galletas o incluso aquello que pareciera una galleta. Estas peripecias diarias convirtieron al monstruo en todo un mito para toda una generación, que ahora viendo el comercial de Apple se pregunta ¿cómo pudo desaparecer de nuestras vidas?
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